domingo, 22 de enero de 2017

Indiferencia es tu látigo (3. Juan)

     Encontrarla. Era ese el sentido que tenía tu existencia. No sabías bien, ni por dónde empezar. Por muy grande y extensa que sea una arboleda, habrá una hoja que tenga su nombre: Valeria


       Lo primero que se te ocurrió fue ir a la casa en que vivía, hablaste con vecinos y su casera, todos la recordaban, nadie sabía bien cuál había sido su destino. Pensaste en las  diferentes Redes Sociales, en ninguna encontrabas ningún rastro. Insistías durante semanas, parecía vivir en otro planeta. Tras muchos razonamientos, pensaste en su trabajo. Pero, a pesar de la intensa relación, no habíais hablado casi nada de su trabajo, desconocías el lugar donde ella desarrollaba su jornada laboral. Conocías la parada del autobús, pensabas que cerca estaría la empresa.

     Comenzaste así, una minuciosa tarea, en un lugar de tu ciudad repleto de negocios, encontrar el lugar donde trabajó Valeria. Ideaste un plan, barrer en círculos los alrededores de la parada. Primero, las empresas en cien metros, luego doscientos, ... Así todos los ratos libres, los dedicabas a esa tarea. Empezaste. Era desalentador, nadie parecía conocerla; tú, tampoco tenías ninguna foto de ella. Un día, otro, nada.

    Sin embargo, fue un día que venías de visitar empresas ¿lo recuerdas, Juan? consultaste  Facebook y allí estaba ella. Una extraña sensación recorrió tu cuerpo, una descarga eléctrica de mucha potencia te atravesó. Estaba allí, bella, con su sonrisa única, como tú la recordabas. Las fotos la mostraban rodeada de personas de diferentes edades y razas, parecía una foto de compañeros de trabajo. Dudabas, le mandaste un mensaje, con aire de no importarte mucho; no había respuesta. Esperabas con ansiedad disimulada. Escribiste otro más contundente; no había respuesta. No entendías, ¿no los veía o era esa indiferencia que ya tanto te dolía? Un tercero, inquisidor, casi insultante; no había respuesta. Pasaron meses. Seguramente, haber navegado juntos durante tormentas de pasión que terminaban en aguas mansas llenas de caricias y confidencias, no tenía importancia para ella.

      Volviste a la visita de negocios. Un día, otro, otro,... y al fin entraste en una oficina, un tipo con el pelo muy grasiento, grueso y que te miraba por encima de sus gafas la conocía: ahh sí, Valeria, qué buena estaba, se fue a esa ciudad centro europea, aquí tiene señas de la empresa, ¡vaya par de peras más bien puestas que gastaba! Aunque te ofendió el tipo, te dio la pista.  Tenías una dirección y un correo electrónico un lugar desconocido, al menos podías volver una pequeña luz que podías seguir.  Mandaste un mensaje, en un inglés descuidado, pidiendo información sobre la empleada Valeria, no tardó una negativa a atender asuntos personales ¿Indiferencia?  No había otra alternativa. No había tiempo que perder, conseguiste unos días en tu trabajo. Aeropuerto, ciudad, hotel.


      Llegaste a la ciudad. Se encontraba en una especie de profundidad rodeada de montañas nevadas. Era fría. Tenía un pasado industrial ya decrépito. Sus ciudadanos mostraban esa frialdad igualmente en el trato con los foráneos. Al menos un recepcionista del hotel, te informó de cómo llegar a la zona de la oficina de Valeria y del horario habitual de salida de los empleados, necesitabas coger un metro. El día siguiente, lo dedicaste a conocer el centro de la población, tenías que hacer tiempo hasta la salida del trabajo. El ambiente era gélido e impersonal. No encontrabas nada allí que te cautivara. Llegó la hora, estabas viendo la puerta por la que debería salir Valeria. Se te hacía el paso de tiempo rápido, veías salir muchas personas con pasos acelerados, esperaste dos horas más del tiempo de salida. Nada de Valeria. La decepción y el frío se apoderaban de ti. Volviste derrotado a tu hotel.

       Al día siguiente, repetiste casi la misma rutinaria espera, tampoco encontraste resultado. Empezabas a arrepentirte del absurdo viaje. Seguía el frío, ahora aderezado con un viento que parecía penetrar por todo tu ser.

        El tercer día volviste. Había comenzado a nevar, la sensación de frío era menor y la luminosidad parecía humanizar algo la ciudad. Esperabas. Sorpresa, ella salió del edificio, llevaba un abrigo color crema con una capucha rodeada de pelo con la que cubrió su cabeza, con su habitual gesto coqueto, inconfundible. Tu primera reacción fue salir corriendo en sentido contrario, pero no te quedaste allí. Un sinfín de recuerdos comenzaron a trotar dentro de tu cabeza. La observabas cierta distancia, no te podía reconocer. En la distancia creías adivinar sus bellos ojos, los labios en los que te habías refugiado del Mundo. Ella se detuvo frente a un hombre. Lo abrazó. Se besaron un rato; junto al hombre, había un carrito; ella extrajo de él un bebé, lo acunó, lo besó infinitamente; juntos se alejaron  por otra dirección.

       Regresaste caminando al hotel, sin prestar atención a lo que te rodeaba ni a la creciente nevada que se cernía sobre la ciudad de hielo. Los días siguientes permaneciste recluido en el hotel ¿recuerdas Juan? fueron, seguramente, los más tristes de tu vida.

       Regreso: frío, el aeropuerto estaba lleno de cristales, todos reflejaban un hombre triste y decepcionado. Un hombre que mostraba el paso corrosivo de los años, Juan ¿no te habías fijado mucho en esto? Tocaba volver a tu odioso trabajo, tu odiosa ciudad, tu odiosa existencia. Tampoco estaría Rosa, la recordabas en el sofá, dándole la mano, como ese refugio anti nuclear que te daba cobijo.   Rosa....



¿Recuerdas Juan todas las veces que me has contado esta historia? 
¿Por qué has dejado de contármela?


                                                             Continuará...