jueves, 11 de mayo de 2017

3. El mundo a tus pies


              Un día vagando por la ciudad observé fascinado las pompas que alguien soplaba para que ascendieran frágiles, miraba absorto. Comprendí que necesitaba subir, sí subir a cualquier lugar. No me importaba, con tal de verlo todo desde arriba, sentir, como alguien había dicho alguna vez, en otro lugar: El mundo a tus pies. 



       
             Comencé a buscar lugares elevados que me pudieran servir de atalaya para contemplarlo todo desde arriba. la torre de una iglesia, el edificio más alto de la ciudad, la montaña próxima. El mundo, descubrí, comenzaba a ser un juego de multitud de piezas que podías ordenar a tu antojo: casas, calles, árboles, parques, ... y las personas animalillos que pululaban de un sitio a otro sin aparente orden. Me sentía su dueño, su creador.

             Sin embargo, todo me parecía poco; quería más y más, subir cada vez más alto; el mundo empequeñecía más y yo lo podía dominar con más energía, con más poder. Fue cuando en una pared, vi anunciado la próxima actividad de una vista panorámica de mi ciudad desde un globo aerostático. Increíble, era algo que nunca había podido imaginar, el mayor sueño que podría tener nunca. Así me apresuré a ponerme en contacto y solicitarlo.

             Los días, comenzaron a pasar muy despacio y mi ansiedad se disparaba. No hacía más que darle vueltas a aquel esperado viaje. Lento, muy lento, llegó al fin el día. Este día. Ese que señale con infinidad de círculos en un calendario casero. Una espiral cromática que me ha llevado a este momento. mis sueños, mis deseos se entrecruzan en un acelerado estado de emoción.

            Ahora la ciudad empequeñece. Tengo la sensación de haber vivido muchas otras veces este momento. El mundo parece extenderse, a la vez, más y más, no deja de crecer en la lejanía; creo que es inabarcable. He empezado a no sentirlo mío, cuanto más me alejo y subo, menos lo reconozco. Me siento abatido y confuso. No veo sentido, es el caos absoluto. Como me he subido al borde de la cartilla, una infinidad de voces  se han desatado tras de mí. Me precipito, las voces se apagan. Vuelvo a la tierra, comienzo a recordar mi vida en estos momentos, desde aquel niño que perdió su globo.

          Me reciben los árboles con sus brazos gloriosos que se abren al cielo.