miércoles, 4 de mayo de 2011

Stonehenge

     Hace algunos veranos, en una de esas escapadas estivales, en las que huimos desesperados del sofocante calor, mi cuerpo dio en pasar por tierras inglesas.


         Lo novedoso fue evitar la turística Londres, para encontrar otras ciudades occidentales con un sabor más auténtico y más británico que se está perdiendo en la capital imperial. En una de esas routes apareció, en el centro de una inmensa llanura y en la hora próxima al atardecer, un lugar del que había oído hablar tantas veces y desde tantas ópticas diferentes: Stonehenge.

   
       No soy nada propenso a creer en todos esos enigmas, leyendas y vaticinios, a los que suelen aficionarse muchos poco seguidores del estudio científico que suele ser mucho más prosaico, aunque debo reconocer que el lugar tenía algo mágico. Es impresionante pensar en la colocación de esos dólmenes traídos dede Gales, como mínimo 2500 años a. de C., y en suponer los conocimientos en astronomía y, tal vez, en algo más, de los que lo construyeron. La luz, especialmente en algunas horas del día, completa esa especial sensación que todos buscamos cuando huimos de nuetra rutina habitual.

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