sábado, 19 de enero de 2013

La noche que soñamos ser Armstrong

     Soñamos muchos años subirnos a los podios del reconocimiento público. Desde una pequeña pantalla, sólo coloreada en blanco y negro, aparecían las gestas de unos aventajados, tales como Ocaña o Eddy Merx. La infancia caminaba  sobre un cristal opaco  y el éxito ajeno era la recompensa que todos ansiabamos para encontrar el sentido de nuestras vidas. Así pasaron los años y los héroes deportivos se sucedían. con sus nombres y con sus hazañas cada vez más peculiares. Ases que llenaban el aburrido mundo que nos circundaba. El verano era apoteósico con los nombres franceses de picos inalcanzables que algunos elegidos coronaban en máquinas de dos ruedas capaces de conquistar la gloria. Sueños baratos y dulces, desde tu humilde rincón.


   Y llegó ese mago de Induráin, para que nos enseñara que aquí en España también podíamos llegar a lo alto y superar esa especie de negación absoluta sobre nuestras posibilidades, que nos había dejado la historia reciente. Recuerdo un  lugar inesperado que se llenó para aclamar junto al televisor, alguna de aquellas etapas de sufrimiento que resolvían la Gran Carrera. Más que aficción deportiva aquellas personas, buscaban la extraña sensación de ver claudicar la admirada Francia, bajo los justos esfuerzos de un hispano.


     El mundo caminaba así confiado. Los sueños vanos se sucedían. Aparecían paladines del deporte enfrascados en heroicos empeños. Pero alguien, algún día descorchó la botella dibólica y nos trajo ese término: doping que nadie entendía y a nadie gustaba. Pero supimos que nos enseñaba que los sueños a veces eran voraces pesadillas y aquellos adalides que poblaban nuestra infancia sucumbían a los desafíos de la economía y del éxito. Bajaban a nuestro lado para compartir con nosotros la  mortalidad y el mundo que ahora veíamos en multitud de colores.
Pd. El cilismo es bello.