
Y llegó ese mago de Induráin, para que nos enseñara que aquí en España también podíamos llegar a lo alto y superar esa especie de negación absoluta sobre nuestras posibilidades, que nos había dejado la historia reciente. Recuerdo un lugar inesperado que se llenó para aclamar junto al televisor, alguna de aquellas etapas de sufrimiento que resolvían la Gran Carrera. Más que afición deportiva aquellas personas, buscaban la extraña sensación de ver claudicar la admirada Francia , bajo los justos esfuerzos de un hispano.
El mundo caminaba así confiado. Los sueños vanos se sucedían. Aparecían paladines del deporte enfrascados en heroicos empeños. Pero alguien, algún día, descorchó la botella diabólica y nos trajo ese término: doping que nadie entendía y a nadie gustaba. Pero supimos que nos enseñaba que los sueños a veces eran voraces pesadillas y aquellos adalides que poblaban nuestra infancia sucumbían a los desafíos de la economía y del éxito. Bajaban a nuestro lado para compartir con nosotros la mortalidad y el mundo que ahora veíamos en multitud de colores.
Pd. El ciclismo es bello.
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