domingo, 17 de julio de 2011

Elogio de mi terraza

     Las circustancias han determinado que el período estival  lo desarrolle, casi íntegramente en una terraza. En ella escribo estas líneas, desayuno, almuerzo, ceno, leo, pienso, me aburro, sudo, dormito, bostezo, dudo, charlo, ... Sólo suelo abandonarla, y no siempre, en  la pausa nocturna para dormir y rehuirla, si el calor es desesperante. El resto del tiempo es mi lugar de estancia.



           Me he dado cuenta que me sirve para descubrir sensaciones de la infancia que creía había perdido. Por ejemplo, he recuperado la contemplación de la belleza de la luna, con sus múltiples formas, y la sensación de los cielos estrellados. Y he contemplado, absorto, que está situada en  uno de los pasos de las aves migratorias que desde  Europa,  buscan los espacios abiertos de  África.   En la ciudad, sencillamente todo esto no existe, los tristes edificios de cemento, nos enmarcan un cielo invisible con las luces artificiales.


         En las ciudades,  covertíamos las terrazas, en feos balcones que como no utilizábamos y terminaban siendo trasteros de nuestros innumerables chismes domésticos. Estos balcones los hemos ido reduciendo hasta que ahora ya han desaparecido, prácticamente. Hacemos la vida encerrados y faltos de vivir al aire libre, que rehuimos con esos aires acondicionados que bunkerizan nuestras viviendas y nos alejan del aire natural. La terraza nos permite, aunque de manera selectiva, recordar la vegetación en maceteros, algo tan típico de  Andalucía,  ¿nos damos cuenta que lo estamos perdiendo?


           Yo desde aquí, reivindico estos promontorios que nos elevan hacia el cielo y nos alejan de lo cotidiano. Nos acercan a los sueños y las ilusiones que nunca podemos olvidar.


         P.D. Ninguna de las que aquí aparecen es la mía, ya quisiera.
                                            Pero de ilusión también sé vivir.