lunes, 15 de agosto de 2011

Pescadores de sueños

     En cierta ocasión, estaba en la orilla del mar y observé esta escena: un padre con su hijo, de unos diez años, pescaban, de forma rudimentaria, unos pequeños peces. Cuando los tenían en su poder, los apretujaban y dejaban agonizar en la arena, olvidados del mundo en esas cálidas jornadas estivales españolas.


          Yo que no soy un aventajado de la simulación, crucé una desaprobadora mirada con el padre y él me la devolvió, aviesa y desafiante; sin palabras, yo entendía: ¿qué pasa por unos pececillos de nada? En realidad, nada. Me entristeció comprobar cómo desde pequeños aprendemos lo fácil que resulta dañar nuestro entorno sin apenas esfuerzo. Sé que es una anécdota sin importancia, o tal vez tenga mucha, pero todos sabemos que una montaña está compuesta de multitud de piedrecitas.
       
          A veces no sé si es que mis ideas son propias de hombre mayor y cascarrabias, o tengo alguna razón cuando me enfado porque nos importa tampoco guardar este mundo para poderlo ofrecer, más o menos como está, a todos nuestros descendientes. Hay que ser consciente que la pesca es una actividad humana ancestral y de la que no podemos prescindir, pero es necesario realizarla de forma sostenida y no esquilmar los caladeros para que dejen de ser inviables.

         Y por poner otro ejemplo, está el tema del reciclaje, tan necesario para unos y tan indeferente para la mayoría. De todos es conocido, creo, el desmesurado perjuicio que el ser humano en la  actualidad está causando en el ecosistema marino, con los innumerables desechos que dejamos en los mares y ríos y sus funestas consecuencias.


              En fin todo será cuestión de que nos propongamos cambiar mucho de nuestros hábitos y podamos ofrecer a nuestros hijos y nietos algo, de lo mucho que hemos obtenido y estamos disfrutando. Y mientras, si queremos, sigamos pescando, pero seamos capaces de conseguir lo que ahora parece increíble, seamos: