
La pena para el resto de los mortales es no tener tu arrojo y ese don de la oportunidad, que tanto envidiamos. Nosotros nos quedamos con las estrecheces del final del mes, las listas del paro, la cola del autobús o la declaración de Hacienda. Amigo Chuck, tú nos ensñas el camino diáfano de los tortazos finales, tú repartidor a domicilio de mamporrazos, choricero de hostiones, tú aventajado heredero de la puntualidad británica; al menos no te lías a tiros casi nunca, porque además tienes la mayor puntería nunca vista, y te llevas a la trena a los pendencieros.
Nunca está de más esperar el final, que todos conocemos, y libera a la sociedad de tanto malaje que siempre lo están fastidiando todo. Tú con tu halo divino, sirves tanto para un roto como para un descosido.
Te queremos, Chuck
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