sábado, 2 de julio de 2011

Tiendas de barrio

           Quién puede olvidar, si lo ha conocido, el olor penetrante y rotundo del bacalao bien salado y colgado del techo de aquellas tiendas legendarias de ultramarinos; los huevos envueltos en media docena, en los rugosos papeles del diario atrasado; la tranqulidad mítica de la navaja recorriendo tu cara en la barbería de la esquina.



      Si saltamos a nuestra infancia, los recuerdos se llenan con esos pequeños establecimientos comerciales. Una mujer escudada en unas gafas de pasta, sin demasiada simpatía, se apresuraba a demandarnos:  
¿qué deseamos?

      Las tardes de la infancia se nutren de recados tediosos de nuestros padres a esos santuarios: boticas, fruterías, panaderías, pescaderías, carbonerías, mercerías, estancos, bodegas, pollerías, carnicerías, chacinerías, droguerías, bisuterías... Muchas de ellas ya ni existen porque el ritmo de vida de hoy nos ha cambiado. Actualmente unas enormes superficies comerciales deshumanizadas y con un insoportable olor uniforme y reiterativo, ocupan su lugar. Lugares en los que tenemos que corretear tras unos uniformados y tediosos empleados, si queremos cualquier información.


     La actual crisis económica, en el que muchas familias subsisten en delicado equilibrio, podría animarnos a redescubrir estos establecimientos. No olvidemos que son negocios unifamiliares, la mayoría, y aliviarían las difíciles circustancias económicas actuales.

    Y creo que nos servirían para ir recuperando esas ciudades que invitan a ser recorridas y admiradas, con más tranquilidad. Volveríamos  a recuperar la ciudad como todo un sistema de vida. No para contemplarla desde la ventanilla de un coche, con el que venimos cargados de un sinfín de embalajes absurdos de una de  esas excursiones a los centros comerciales: salir del coche a respirar un viciado aire, donde todo está organizado para el consumo, sin el menor instante para sosegarse.  Sé que muchos están pensando que es difícil todo esto cuando el tiempo nos tiene mediatizados; pero también deben pensar que nunca es tarde cuando, de verdad, queremos cambiar nuestra forma de vida