domingo, 5 de febrero de 2012

Buda explotó por vergüenza

     Odio la manía del derroche sin más. Especialmente esta costumbre tan occidental de convertir miles de toneladas de bellos  y frondosos árboles, que nos proporcionan oxígeno, en horrendas montañas de basura sin ningún futuro.  Este argumento, desgraciadamente, no suele ser válido para muchos de los jóvenes con los que habitualmente comparto las aulas educativas.
     Tampoco logro que algunos comprendan que en algunas zonas del mundo la mujer está irremediablemente destinada al analfabetismo, y eso implica su marginación social. Con estas dos ideas,  inconexas, he rescatado de la memoria una película
                                       

                                         Buda explotó por vergüenza .

     Es una  película dramática de coproducción franco-iraní dirigida por Hana Makhmalbaf, en el momento del rodaje contaba unos 18 años, en 2007. Relata la historia de una niña afgana que lucha por ir a la escuela y recibir una educación, como tema principal, aunque hay otros secundarios muy interesantes. Se estrenó en España el 29 de febrero de 2008 y compitió en el Festival Internacional de Cine de Toronto y en la sección oficial del Festival Internacional de Cine de San Sebastián de 2007 donde consiguió el Premio Especial del Jurado y el Premio Otra Mirada.



   Lo realmente excepcional es abordar desde una humilde perspectiva y con  emotividad esos temas tan trascendetales: educación, igualdad, respeto, justicia, marginación, amistad, infancia,... Y todo presentarlo desde la perspectiva de una niña pequeña. Todo con una sencillez admirable y con una técnica próxima al documental. Aunque esté grabado en vídeo, los planos son de enorme belleza. La directora hace un gran trabajo y las actuaciones de todos los niños y niñas son plenamente creíbles, quizá porque les ha dejado comportarse como son ellos mismos y no ha buscado la sobreactuación.

       La elección de la niña protagonista, Nikbakht Noruz, es acertada, pues basta con ver su cara o con escucharla hablar para temer por ella y sentirse en auténtica tensión por lo que le pudiese pasar. Su lucha con el mundo comienza cuando toma conciencia de que hay niños que tienen la posibilidad de dibujar unas extrañas grafías en papeles, algo mágico que hemos experimentado en la niñez, cuando hemos ido conociendo ese mundo que se nos presentaba críptico de la escritura. Todos hemos querido poderla utilizarla y conocer sus secretos.

   
         Pero lo que no deja de ser paradógico es que lo que para nosotros es apenas un objeto cotidiano,  el papel; para otros es un objeto codiciado que parece estar a la disposición de pocos. Es como si esta pequeña libreta que la niña pretende, marcase el inmenso abismo entre ese mundo del poderío y del derroche y el otro mundo el de la necesidad.

      Su problema es haber nacido en un lugar de la tierra en el que una paupérrima libreta escolar es un inmenso lujo y algunos de sus habitantes consideran que la mujer no es digna de merecer la mínima educación. No podemos olvidar el grave conflicto armado por el que todavía atraviesa su país, Afganistán. Por todo ello, me he acordado de esta película. Humanidad a raudales, alejada de los efectismos holliwoodienses. Belleza escueta, como que pudiera quebrarse con el soplo de una brisa. Si te apetece te dejo con el tráiler y con la recomendación de que veas este filme y medites sobre todos los mensajes que puedes captar.