Con mis hermanos y unas amigas pasaba la Semana Blanca en la casa de montaña, casi al pie del Veleta, que recientemente ha comprado mi madre. Tiene rejas de forja en las ventanas y dos torres con arcos desde las que se divisa un panorama increíble que incluye tanto los helechos boreales de las nieves perpetuas como la caña de azúcar y los platanales de la lejana costa tropical y, desde donde, incluso, uno cree vislumbrar borrosa la línea azul del mar.
Había amanecido un día espléndido, los servicios informativos habían confirmado que los remontes de la estación deportiva de Sierra Nevada estaban abiertos y nos habíamos desplazado a las pistas para pasar la mañana esquiando. Aunque yo siempre he sido timorata y poco lanzada en deportes de riesgo, y más bien me fastidia pasarme la mañana luchando por conservar la paralela entre los esquís y mis pies que parecen empeñados en ir cada uno por su lado, así que soy poco inclinada a disfrutar de las delicias deportivas, al contrario que mis hermanos que son unos avezados esquiadores y se deslizan por las pistas más pendientes envueltos en nubes de nieve pulverizada.
Pero no fueron ellos, los arriesgados, los que sufrieron el accidente, fui yo, la timorata, la patosa, la que me caí en mala postura sobre un tobillo. Y además de horriblemente dolorida me sentí avergonzada cuando tuvieron que llevarme al puesto de socorro. Me dolía tanto que creí que me lo había roto, pero al parecer sólo era un esguince.
-Bastará con que permanezcas unos tres días con el pie inmovilizado, tres días nada más.-me dijo el médico cuando me vendó el tobillo.
¡Para él serían tres días nada más; para mí eran tres días nada menos!
Hoy, no he esquiado, naturalmente, aunque esto no me importa mucho, pero lo que sí me ha fastidiado es no poder ir a la excursión que se había planeado a un pintoresco lugar con un lago helado entre pinos y abetos, que habíamos visto en fotos en el móvil.
Mi hermano Elías, y Gema, una de nuestras amigas, seguramente compadecidos de mí, se ofrecieron a quedarse, pero no iba a estropearles la excursión. Les dije que no quería que se quedara ninguno, que ya me entretendría leyendo. Dije eso, pero lo cierto es que me sentí muy fastidiada de quedarme sola. ¡Y con el pie doliéndome, además!
Por eso, fue en un estado de ánimo más bien melancólico como me puse a buscar un libro con el que pasar el rato.
La estantería de mi dormitorio, en cuyas baldas podía hurgar con más comodidad para mi dolorido pie, sentada al borde de la cama, se ha llenado con los libros que venían con la casa. Mi madre se los quedó porque eran antiguas ediciones pero la mayoría son libros infantiles o en francés… Lógico esto último porque el matrimonio que le vendió la casa era francés… ¡Pero el caso es que a mí no se me da bien el francés, sólo aprender a pronunciar la u francesa me había costado semanas de permanecer con la boca como un pez!... Hojeé un libro, pero lo dejé. Nada más abrirlo me había tropezado con la palabra pelle … que, la verdad, no recordaba si significaba piel o pelo, y no me apetecía pasarme la ya fastidiada tarde agarrada al diccionario.
Aburrida, seguí trasteando entre los tomos de la librería y di con una curiosa edición antigua de “Alicia en el País de las Maravillas”, que ésta, sí, estaba en español. Tenía tapas de cartón un poco raídas y sus páginas estaban gastadas y amarillentas, pero sus ilustraciones eran encantadoras, y yo las aprecié especialmente porque aquel año había empezado mi primer curso de Artes Plásticas.
Enseguida me recordaron la impresión de pasmo y maravilla que experimenté cuando, siendo una niña, leí aquel libro y en sus primeras páginas hizo su aparición aquel conejo con guantes y abanico que pasaba ante los ojos fascinados de Alicia…
Y volví a la infancia y me zambullí tras Alicia y el Conejo por la interminable madriguera oscura… Y en ello estaba cuando (dada la inutilidad de mi pie) vino a traerme la merienda la señora Carmen, una mujer enjuta, de pelo gris entreverado y unos ojos hermosos que irradian una luz muy negra y que es la guardesa que cuida de la casa y ahora también un poco de nosotros, durante las vacaciones.
Me comí las tostadas con foie gras, me bebí el café y estuve leyendo un rato hasta que me cansé, y tendida bocabajo como estaba en la cama, empecé a distraerme con las ilustraciones, que eran ciertamente seductoras y con una auténtica patina antigua… Era, desde luego, lo único bueno que conservaba el libro. Seguramente que, descontando su innato amor a los libros de bibliotecaria, mi madre habrá querido conservarlo por las ilustraciones, porque el libro no podía estar más estropeado, incluso tenía montones de subrayados en una desvaída tinta color sepia. Y lo curioso es que no aparecían subrayadas frases completas, ni siquiera palabras, sólo letras, aquí y allí… la h de hermana, una a de Alicia, la n de abanico, la m de margaritas, la a de blanco, la t de tarde, una a de madriguera, la d de Dina, una o de Conejo, la a de Gusano, una m de mermelada, la i de jardín, la h de hongo, la e de chaleco, la r de maravilloso, la m de mordió, la a de llave, la n de guantes, una o de Topo… Entonces, mientras me entretenía en deletrearlas, me di cuenta de que leídas juntas, aquellas letras constituían palabras con sentido… ¡Di un respingo! ¡Y me lancé ávidamente sobre el resto de los subrayados!



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