
Aquel último día de mayo había amanecido espléndido. A Victoria, su madre la vistió con su mejor vestido (el único que tenía para los días de fiesta) desde que se levantó.
Y luego se fue con su padre a la churrería. Iban a comenzar el día de fiesta celebrándolo con un desayuno de chocolate con porras.
Había cola en la churrería y todo el mundo hablaba; de los caballos blancos que iba a llevar el coche de los Reyes, del arco luminoso que había costeado el Teatro Real y se había colocado en las inmediaciones de la Plaza de Oriente, de lo guapa que era la novia, tan rubia y alta, y tan elegante, y también de la corrida de toros que se iba a celebrar, de que iba a torear Machaquito, el torero de moda… Y la cola se alargaba y el humazo del aceite de los churros se expandía por la calle.Por fin les tocó el turno a ellos y se fueron a desayunar gozosamente el chocolate con porras de los días de fiesta, aunque su madre no paraba de advertirle a Victoria:
-¡No te vayas a manchar, niña, que es el vestido nuevo!
Y luego salieron de prisa, sin lavar siquiera los cacharros del desayuno, porque el padre le dijo a la madre que ya los lavaría cuando volvieran, que no iban a coger sitio.
En la calle se encontraban con las gentes que también salían de sus casas jubilosamente, siguiendo todos la misma dirección, con la avidez de ver en primera fila el maravilloso cortejo de las cuarenta carrozas de gala, y sobre todo el maravilloso carruaje de los caballos blancos donde irían los Reyes.
Se topaban con conocidos que se saludaban alegremente, que se daban información o repetían la ya sabida.
-¿Visteis ayer iluminados el Banco de España y la Casa de Correos?
-¡Y el arco luminoso de la Plaza de Oriente, que ha costeado el Teatro Real!
-¿Habrá empezado ya la boda?
-¡Que no! ¿No sabéis que un cañonazo desde el Palacio de Oriente iba a avisar de cuando empezara?
-¡Qué guapa va la Victoria con su vestido nuevo!
-¡Pues vaya que no! ¿Es que quieres hacerle la competencia a la Reina? ¡Ja, ja! ¡Como te llamas como ella!
Se reían. Todo el mundo se disponía a pasar una jornada festiva, y riadas de gente bulliciosa iban desembocando hacia Sol, el Paseo del Prado, la Plaza de Cibeles, Alcalá, la Carrera de San Jerónimo, Mayor, Carretas, Montera, Preciados, Arenal, todas las calles y avenidas que iban a constituir el recorrido, la carrera oficial, el paseo triunfal de los Reyes recién casados.
El público se apiñaba en las sillas y palcos de alquiler que el Ayuntamiento había dispuesto, y los que no tenían sillas o palcos, se agolpaban a pie a lo largo del recorrido engalanado con banderas y guirnaldas.
El pueblo había madrugado mucho para ocupar las mejores posiciones y a los que llegaban les era difícil hacerse sitio, por lo que menudeaban los empujones y las consiguientes reacciones airadas.
-¡Pero es que van a venir por su cara guapa a ponerse delante! ¡Vamos, hombre! ¡Que llevamos aquí desde las seis de la mañana! ¡Haber madrugao!
-¡Que no arrempuje usted a mi señora! ¡Que como la toque un pelo le doy un guantazo que le espanto hasta al ángel de la guarda!
-¡Bueno, bueno! ¡No ponerse así! ¿Pero es que no pueden hacer un sitio siquiera para que vean los chicos?
Al fin encontraron sitio en la calle Mayor, a la altura del número 88, desde donde Victoria, que ya estaba aprendiendo a leer, se entretenía deletreando el letrero de la acera de enfrente donde en letras altas se leía COMESTIBLES FINOS.
Unos pilluelos que venían saltando y tirando buscapiés desde Alcalá gritaban.
-¡Ya vienen! ¡Están pasando por el arco! ¡Se ven brillar en la frente de la reina las piedras de la corona!
Victoria y los otros chicuelos que estaban a su lado y a los que las personas mayores han dejado asentar en primera fila se remueven.
-¡Vamos a verlo! ¡Vamos!
-¿Y ahora vais a perder la primera fila? Ya lo veréis todo cuando pasen por aquí.
-¡No, no! ¡Nosotros los vemos antes! ¡Por el arco de Alcalá, por el arco!
Bulle el gentío por la puerta de Alcalá, pero los chicuelos, a fuerza de trabajo de codos, consiguen alcanzar las primeras filas y ser los primeros en ver aparecer por el arco el desfile de carrozas y los espléndidos caballos blancos que tiran de la carroza donde van los Reyes, y hasta vieron al Rey asomándose por la ventanilla de la izquierda y atrayendo hacia sí a la Reina para saludar.
De vuelta corrían hacia la calle Mayor saltando y brincando, y acompañando sus saltos de gritos en cantinela de- ¡Hemos visto a los Reyes ¡ ¡Hemos visto a los Reyes!- cuando se oyó una fuerte detonación.
Algunas gentes que ya se deshacían en ríos tras haber visto pasar las carrozas decían curiosas y sobresaltadas:
-¿Qué habrá sido eso?
-¿Pues qué va a ser?- se alzaba alguna voz castiza con suficiencia- ¿No habían dicho que iban a tirar un cañonazo para anunciar que se casaba el Rey?- y otra voz no menos castiza y suficiente respondía-¡Pues no hace rato que ese cañonazo lo tiraron ya!
Fue poco después cuando los gritos que llegaban del gentío que iba desembocando en la calle Mayor cambiaron de signo. A los vivas los sustituían inconexos gritos de espanto que cuando se hicieron coherentes fueron para repetir -¡Una bomba! ¡Una bomba!-y para mezclarse con ayes y voces de auxilio, o con el relinchar enloquecido de los caballos heridos de muerte.
El cortejo no se veía ya, cubierto por una espesa nube de humo.
Por un momento Victoria se quedó parada mirando la imagen de la Reina recostada en el ensangrentado asiento de la carroza con los ojos cerrados y la falda del vestido de novia llena de sangre, luego corrió desatentada hacia donde estaban sus padres aunque apenas veía nada porque tenía los ojos llenos de humo.
Los otros chiquillos que habían ido con ella se habían perdido entre el maremágnum, y ella llamaba- ¡Mamá! ¡Papá!- y sólo veía gente tendida entre sangre que parecía correr por el pavimento como corría el agua cuando echaban las mangas de riego. Y ni papá ni mamá se veían ni contestaban.
Cuando creyó acercarse al sitio de la calle Mayor allí frente a las letras altas donde se leía COMESTIBLES FINOS, la nube de humo era tan densa que no permitía ver nada.
Soldados, guardias o camilleros la retiraban del paso diciendo:
-¡Atrás! ¡Atrás! ¡Las criaturas no pueden estar aquí!
Fue entonces cuando Victoria empezó a correr desatadamente hacia atrás ahora, para alejarse de todo aquello que la asustaba y no entendía, para volver a su casa.
Seguramente sus padres estarían ya allí. Seguramente que la habían buscado y no la habían encontrado entre todo aquel humo y toda aquella gente que gritaba. La habían buscado y no la habían encontrado y se habían vuelto a casa. Y seguramente papá estaría muy asustado de que se hubiera perdido y mamá le regañaría.
Los otros chiquillos que habían ido con ella se habían perdido entre el maremágnum, y ella llamaba- ¡Mamá! ¡Papá!- y sólo veía gente tendida entre sangre que parecía correr por el pavimento como corría el agua cuando echaban las mangas de riego. Y ni papá ni mamá se veían ni contestaban.
Cuando creyó acercarse al sitio de la calle Mayor allí frente a las letras altas donde se leía COMESTIBLES FINOS, la nube de humo era tan densa que no permitía ver nada.
Soldados, guardias o camilleros la retiraban del paso diciendo:
-¡Atrás! ¡Atrás! ¡Las criaturas no pueden estar aquí!
Fue entonces cuando Victoria empezó a correr desatadamente hacia atrás ahora, para alejarse de todo aquello que la asustaba y no entendía, para volver a su casa.
Seguramente sus padres estarían ya allí. Seguramente que la habían buscado y no la habían encontrado entre todo aquel humo y toda aquella gente que gritaba. La habían buscado y no la habían encontrado y se habían vuelto a casa. Y seguramente papá estaría muy asustado de que se hubiera perdido y mamá le regañaría.


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