sábado, febrero 21

El baúl (Relato corto de África Álvarez)

          El pequeño baúl ocupaba un lugar privilegiado en la habitación azul; había estado tres días y tres noches buscando el sitio idóneo para exhibirlo y por fin lo encontró. Desalojó una mesita redonda, quitó de su superficie sus figuritas más preciadas, las sacrificó porque la nueva adquisición superaba con creces todo lo que ya poseía.
          Lo colocó allí, situado bajo el ventanal, y le quitó el polvo con el cuidado y la delicadeza de quien cuida a un enfermo.



          Una tarde de aquel inestable octubre, pasó por casualidad por una tienda de antigüedades que para él, hasta ayer mismo, había sido una tienda de telefonía móvil. La lluvia espesa que, en cuestión de segundos, se había apoderado de las calles de la ciudad, le hizo refugiarse bajo el toldo que cubría el escaparate. Fue entonces cuando, al girarse, vio, en una recreación perfecta de un saloncito de estilo colonial, una exuberante reliquia iluminada por una lamparilla de bronce: un pequeño baúl cerrado con correas de cuero y con un pequeño cerrojo de metal indefinido.
          No dudó un segundo y, cautivado por la extraña belleza de aquel objeto, entró en el establecimiento. Antes de que el viejo dependiente le hablara de su valor, él le ofreció una cantidad lo suficientemente sustanciosa como para que no se perdiera el tiempo en comentarios inútiles; no hacía falta que nadie le dijese que se llevaba a casa un objeto de un precio incalculable por su longevidad. Los ojillos del tendero se iluminaron por la venta, que seguramente le había salvado la tarde.

       


         Llegó a casa con su tesoro bajo el brazo, agarrándolo con tal fuerza que sus brazos le empezaban a doler, y con una sonrisa que se instaló en su rostro desde que hiciera la magnífica compra. Lo depositó en la cama y durante tres días dejó todos sus quehaceres, que ya no eran muchos, para buscar el mejor lugar de la casa donde colocarlo. 
         Una vez instalado sobre la mesita redonda de la habitación del color del mar, lo bañó de luz con una especie de lamparilla circular que se sostenía sobre un pie de madera tallado a mano por él mismo cuando asistía a clases de artesanía moderna, y le procuró el mismo ambiente que había tenido en la tienda. (Para que no sufriera el cambio).
           Una vez allí, conmovido por su belleza, lo examinó con detenimiento. Primero por fuera, después por dentro. Tanto le había cautivado, que lo observaba y lo observaba aún más, sin desprenderse de la sonrisa nerviosa que se apoderó de él desde la compra.
            Era del tamaño de un bolso de mano para viajes, posiblemente esa fuera su utilidad en un pasado; el compañero fiel de una infatigable corista o de un visitador médico, o de un trotamundos… El asa de cuero había perdido su color originario y ahora parecía tener una mezcla de suciedad y moho provocados por el uso. De las tachuelas doradas que debieron adornar primorosamente todas sus aristas solo quedaban, con seguridad, menos de la mitad, de hecho, ni siquiera eran doradas, sino de un color indefinido y sin brillo. Pero no importaba... Los deterioros provocados por el paso del tiempo le daban un toque aún más encantador.
          Por dentro estaba forrado de una tela suave, de un color verdoso, con unas florecillas ya casi imperceptibles. Las bisagras hacían demasiado ruido, pero a él le parecía un sonido dulce y melodioso. Al volverlo a cerrar se dio cuenta de que la parte superior y la inferior no encajaban bien, pero aquello no era más que el reflejo del ajetreo que su baúl había sufrido durante años: tantos viajes, tanto peso en su interior, tantos golpes, tanta vida…
        Fue a la octava vez que lo abrió cuando se dio cuenta de que, en la esquina inferior derecha, un rasguño en la tela verdosa dejaba entrever un trozito de papel invisible para cualquiera que lo apreciase de manera rápida. El hombre notó cómo se le aceleraba el pulso y, llevado por los brazos del nerviosismo, cerró tan rápidamente y con tanta energía su tesoro que él mismo se asustó del ruido.
          Se sentó tembloroso a los pies de la cama frente a la mesita, y sin quitar los ojos al baúl se estremeció al pensar que fuese una nota de su primer dueño, «¿en qué idioma estaría?». Tal vez fuese el precio por el que hacía siglos se adquirió a algún mercader... Quizás fuese un sobre con dinero... ¡O aún mejor, el mapa para localizar el más estimado tesoro que cualquier pirata hubiera soñado con tener en sus codiciosas manos! Posiblemente tenía en su poder algo más valioso de lo que jamás había logrado llegar a imaginar.




          «¿Cómo no se habían dado cuenta de aquello los de la tienda de antigüedades?», se preguntaba una y otra vez.
           Muchos días estuvo sin comer y sin dormir, ansioso de saber, hasta que, armado de valor  y debilitado por la intriga, se acercó a la pequeña mesita, encendió la lamparita redonda y, con una velocidad impetuosa, volvió a abrir su baúl. Allí estaba, sobresaliendo tímidamente por el forro de la esquina inferior derecha, el papelito sucio y amarillento. Lo sacó lentamente para no dañarlo aún más, notando su pulso en los dedos y humedeciéndolo con el sudor que le producía la situación. Desplegó con cuidado lo que sus manos sostenían con miedo y leyó. Un grito corto y seco estremeció la habitación.
          La pequeña nota decía: “Made in Taiwán. Devolver. Defectuoso.”


África Álvarez Valero


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