viernes, febrero 20

Relato corto de Carmen Alcaide

Cuando le presentaron aquel ser minúsculo y amoratado, de ojos acuosos y cabeza bamboleante, pensó “Mi hijo” como si fuera la primera vez que descubría esa palabra, y al sentirla bordeando sus labios experimentó una mezcla de miedo y de asombro, y acercó su mejilla a la del niño como si fuera ella la que se acogía a su frágil protección. Después, con timidez nerviosa, alzó los ojos a su madre.-¿Habéis llamado a Juan?
 
 
一 Cuando te dieron los primeros dolores. Estará aquí esta noche o mañana. Como le ha cogido en Madrid con los exámenes…

El médico había terciado:

一 Procure dormir ahora. El parto ha sido laborioso. Nada le sentará mejor.

Sí. Se sentía realmente exhausta: el empujar, el sudor, la mirada de su madre ahincada en ella mientras veía movérsele anhelosas las aletas de la nariz, los dolores hasta aquel último que pareció romperla y le arrancó un grito que fue medio alarido, medio sollozo…

Debió dormir bastante porque cuando despertó toda la habitación estaba oscura. Con esa oscuridad cerrada que pertenece ya a la noche. A tientas extendió un brazo hacia la cabecera donde estaba el timbre.

Cuando vino la enfermera y encendió la luz, la hizo parpadear desorientada.

一 Ha dormido mucho. ¿Ha descansado?

一 Sí, creo que sí… Mi madre, ¿se ha ido ya?

一 Sí. Se fue cuando llegó su marido.

一 ¿Mi marido? ¿Está aquí?- y tuvo la sensación de que un hormiguero le subía piernas arriba.

一 Sí. Como estaba durmiendo no hemos querido que la despierte. Ahora le digo que entre.

Lo primero que vio cuando él entraba fue un trozo de su camisa a cuadros de verano, y se le hizo más intensa la sensación de aquel hormiguero que le subía desde los pies.

一 ¿Cómo estás?

一 Bien. Estoy bien… Y tú, ¿has podido hacer los exámenes?

一 Sí.

一 ¿Crees que habrás aprobado?

一 Espero que sí.

一 ¿Has visto al niño?

Él recordó aquella sala de Maternidad: cabecitas peladas y caritas abotargadas que semejaban todas iguales.

“Es un niño muy fuerte y tiene los ojos azules” había dicho la enfermera.

La criatura apretaba los puños y movía las piernas como una rana. Abrió los ojos. No los tenía azules. Ni negros, ni verdes. Ni de ningún color. Eran simplemente los ojitos gordos de un recién nacido.

一 Sí.

一 ¿Cómo… cómo lo has visto?

Él recordó la sensación confusa que había experimentado, esa mezcla de desconcierto, ternura y lástima que producen los recién nacidos. Quizás un poco más acentuada. Como si el desvalimiento de aquel pequeño ser fuera más completo que el de los demás.

一 Pues bien, mujer- Y de un modo que lo forzado hacía torpe le rozó con los dedos un brazo. Y ella rápidamente deslizó una mano para buscar y apretar la suya, y entonces, de un modo absurdo, triste, recordó el estribillo de aquella canción que cantaban en el pueblo:

“Ay qué penita, serrano,

Que se te aflojan los dedos

Cuando te cojo la mano”

                                                         


  Carmen Alcaide


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