Cuando le presentaron aquel ser minúsculo y amoratado, de ojos acuosos y cabeza bamboleante, pensó “Mi hijo” como si fuera la primera vez que descubría esa palabra, y al sentirla bordeando sus labios experimentó una mezcla de miedo y de asombro, y acercó su mejilla a la del niño como si fuera ella la que se acogía a su frágil protección. Después, con timidez nerviosa, alzó los ojos a su madre.-¿Habéis llamado a Juan?
一 Cuando te dieron los primeros dolores. Estará aquí esta noche o mañana. Como le ha cogido en Madrid con los exámenes…
El médico había terciado:
一 Procure dormir ahora. El parto ha sido laborioso. Nada le sentará mejor.
Sí. Se sentía realmente exhausta: el empujar, el sudor, la mirada de su madre ahincada en ella mientras veía movérsele anhelosas las aletas de la nariz, los dolores hasta aquel último que pareció romperla y le arrancó un grito que fue medio alarido, medio sollozo…
Debió dormir bastante porque cuando despertó toda la habitación estaba oscura. Con esa oscuridad cerrada que pertenece ya a la noche. A tientas extendió un brazo hacia la cabecera donde estaba el timbre.
Cuando vino la enfermera y encendió la luz, la hizo parpadear desorientada.
一 Ha dormido mucho. ¿Ha descansado?
一 Sí, creo que sí… Mi madre, ¿se ha ido ya?
一 Sí. Se fue cuando llegó su marido.
一 ¿Mi marido? ¿Está aquí?- y tuvo la sensación de que un hormiguero le subía piernas arriba.
一 Sí. Como estaba durmiendo no hemos querido que la despierte. Ahora le digo que entre.
Lo primero que vio cuando él entraba fue un trozo de su camisa a cuadros de verano, y se le hizo más intensa la sensación de aquel hormiguero que le subía desde los pies.
一 ¿Cómo estás?
一 Bien. Estoy bien… Y tú, ¿has podido hacer los exámenes?
一 Sí.
一 ¿Crees que habrás aprobado?
一 Espero que sí.
一 ¿Has visto al niño?
Él recordó aquella sala de Maternidad: cabecitas peladas y caritas abotargadas que semejaban todas iguales.
“Es un niño muy fuerte y tiene los ojos azules” había dicho la enfermera.
La criatura apretaba los puños y movía las piernas como una rana. Abrió los ojos. No los tenía azules. Ni negros, ni verdes. Ni de ningún color. Eran simplemente los ojitos gordos de un recién nacido.
一 Sí.
一 ¿Cómo… cómo lo has visto?
Él recordó la sensación confusa que había experimentado, esa mezcla de desconcierto, ternura y lástima que producen los recién nacidos. Quizás un poco más acentuada. Como si el desvalimiento de aquel pequeño ser fuera más completo que el de los demás.
一 Pues bien, mujer- Y de un modo que lo forzado hacía torpe le rozó con los dedos un brazo. Y ella rápidamente deslizó una mano para buscar y apretar la suya, y entonces, de un modo absurdo, triste, recordó el estribillo de aquella canción que cantaban en el pueblo:
“Ay qué penita, serrano,
Que se te aflojan los dedos
Cuando te cojo la mano”
Que se te aflojan los dedos
Cuando te cojo la mano”
Carmen Alcaide


No hay comentarios:
Publicar un comentario