sábado, febrero 14

Habitación 103 (Microrrelato)

 

 

     Por mis ocupaciones laborales, me tuve que desplazar a esa ciudad. Como el regreso era complicado me planteé buscar un lugar donde pernoctar. No quería comentarlo con nadie porque prefería aliarme con mi soledad y tranquilidad. 

 

     El lugar lo encontré de forma totalmente casual. Salí del lugar del trabajo con la intención de no alejarme demasiado. Se anunciaba con un ruinoso letrero, pero como era una comodona y no quería perder mucho tiempo buscando, decidí preguntar. Me recibió un chico, con una escueta barba, que trasmitía muy poca emoción en su trabajo y cierta impresión de dejadez por su indumentaria. Le propuse que quería ver una habitación antes de reservarla, me resultaba hacerlo algo violento pero no quería equivocarme. Me proporcionó una inmensa llave de hierro con un taco de madera y me indicó que fuera por mi cuenta al final del pasillo de la primera planta, la 103. Se excusó con que algo lo tenía muy ocupado, seguía con esa sensación de desinterés. No lo sabía todavía, pero aquel lugar cambiaría mi vida.
     Era la habitación 103, el lugar que visitaría desde entonces con demasiada regularidad y que siempre dejaba reservada para la próxima estancia. Las anodinas reuniones laborales no hacían más que engrandecer las sensaciones de tranquilidad y satisfacción cuando dejaba a todos mis compañeros con sus interminables balances de cuentas y sus chascarrillos personales, yo me excusaba con cualquier motivo para ausentarme. Llegaba a ella, la que me hacía detener el tiempo y trasladarme a lo que daba sentido a mi existencia, la 103.  El mundo caminaba a un ritmo vertiginoso, pero yo allí encontraba mi serenidad, alejada del exterior. Esto se repitió en numerosas ocasiones, tantas que había dejado de contarlas.
     Pero llegó el fatídico día. Salí más que trastornada de la interminable reunión. Cuando llegué, ilusionada por poder cobijarme en mi lugar, recibí la noticia. El muchacho de siempre, sin levantar la cabeza de lo que miraba, me comunicó que mi 103 no estaba disponible por algo relacionado con una tubería rota y tenía a mi disposición otra habitación. Le grité enfadada que no la quería, él ni se inmutó. Le dije que no me importaba las condiciones en las que estuviera, que quería la MÍA. Su desinterés me dolía, por más que le suplicaba no reaccionaba. Fue cuando noté una ligera sonrisa que me resultó altamente despectiva …

 



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