Por mis ocupaciones laborales, me tuve que desplazar a esa ciudad. Como el regreso era complicado me planteé buscar un lugar donde pernoctar. No quería comentarlo con nadie porque prefería aliarme con mi soledad y tranquilidad.
El lugar lo encontré de forma totalmente casual. Salí del lugar del
trabajo con la intención de no alejarme demasiado. Se anunciaba con un
ruinoso letrero, pero como era una comodona y no quería perder mucho
tiempo buscando, decidí preguntar. Me recibió un chico, con una escueta
barba, que trasmitía muy poca emoción en su trabajo y cierta impresión
de dejadez por su indumentaria. Le propuse que quería ver una habitación
antes de reservarla, me resultaba hacerlo algo violento pero no quería
equivocarme. Me proporcionó una inmensa llave de hierro con un taco de
madera y me indicó que fuera por mi cuenta al final del pasillo de la
primera planta, la 103. Se excusó con que algo lo tenía muy ocupado,
seguía con esa sensación de desinterés. No lo sabía todavía, pero aquel
lugar cambiaría mi vida.
Era la habitación 103, el lugar que
visitaría desde entonces con demasiada regularidad y que siempre dejaba
reservada para la próxima estancia. Las anodinas reuniones laborales no
hacían más que engrandecer las sensaciones de tranquilidad y
satisfacción cuando dejaba a todos mis compañeros con sus interminables
balances de cuentas y sus chascarrillos personales, yo me excusaba con
cualquier motivo para ausentarme. Llegaba a ella, la que me hacía
detener el tiempo y trasladarme a lo que daba sentido a mi existencia,
la 103. El mundo caminaba a un ritmo vertiginoso, pero yo allí
encontraba mi serenidad, alejada del exterior. Esto se repitió en
numerosas ocasiones, tantas que había dejado de contarlas.
Pero
llegó el fatídico día. Salí más que trastornada de la interminable
reunión. Cuando llegué, ilusionada por poder cobijarme en mi lugar,
recibí la noticia. El muchacho de siempre, sin levantar la cabeza de lo
que miraba, me comunicó que mi 103 no estaba disponible por algo
relacionado con una tubería rota y tenía a mi disposición otra
habitación. Le grité enfadada que no la quería, él ni se inmutó. Le dije
que no me importaba las condiciones en las que estuviera, que quería la
MÍA. Su desinterés me dolía, por más que le suplicaba no reaccionaba.
Fue cuando noté una ligera sonrisa que me resultó altamente despectiva …


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