lunes, octubre 5

El espíritu de las cosas (Relato corto)

 


Esta es la historia que he compartido con Luis. Aunque era dos años mayor que yo, por su aspecto aniñado, parecía bastante menor. Fue una persona muy especial. Con él descubrí: 
 





 
Luis era alguien muy peculiar, aunque lo más curioso era que desde hace algunos años, consideraba que todo lo material que nos rodea tenía su propia manera de ser. Igual que los humanos y los animales sentimos, los objetos también. Ya sé que la idea les hará sonreír a muchos y pensarán que era propio de una mente alocada, pero no es el caso, Luis era alguien muy normal y estable.

Yo disfrutaba mucho con su entusiasmo con el que que me contaba sus historias tan peculiares. Su fascinación con las cosas empezó cuando al cumplir los 15, le regalaron un taladro a su padre. Era una de esas máquinas que funcionan cuando les apetece. Ya saben, no hay manera de entenderlas, si recurrías a las instrucciones traducidas del inglés o del chino, no te aclaraban nada. El taladro no oía nada más que insultos a su alrededor, tanto para él como para aquellos que lo habían creado … Un buen día. Luis lo necesitaba para terminar una maqueta de esas que mandan los profes y, como era un tío asfixiado por las notas, casi lloraba y suplicaba a la máquina que hiciera bien los agujeros. Asombrósamente, el instrumento empezó a dejarse manejar dócilmente y horadaba la madera con sumisión espartana. Sus palabras, dulces y suaves se transformaban en orificios perfectos. Aquello fue una anécdota que durante años se fue al olvido.

Algunos años después, sus padres alquilaron una casa más cerca del centro. Allí había una lavadora que con su tambor parecía mirar a todos con asombro. Nunca había funcionado bien y el ruido y bailoteo era propio de una máquina para el desguace. Cómo estaría Luis de apurado con una ropa que necesitaba con urgencia que adoptó un tono suave y suplicatorio con el aparato. El resultado asombró a todos y la máquina hizo un lavado pulcro y normal. Tanto fue así, que desde entonces sería el encargado de utilizar el artefacto, labor que cumplió hasta que un día la lavadora cesó su función de pura vieja, pero con el emotivo reconocimiento familiar. Y también le pasó con una vieja cajonera, que no se dejaba abrir nunca, pero con su rara pócima de trato, comenzó a abrirse para guardar en su seno cientos de objetos.
 
 

 
Pero bueno, su simpatía y entusiasmo, nunca dejaban de alegrarte el día. Y así no paraba de contar con unas buenas dosis de humor casos similares, de cómo una afeitadora, que pasó de la rebeldía total a la docilidad; una máquina casera de hacer café, se jubiló deleitando a todos con rica variedades; un casete de un coche que recuperó el sonido, tras años de mudez; un despertador eléctrico, que volvió a incomodar a todos con su sonido matinal;... todos y muchos más sucumbieron a la voz melosa de Luis y a su trato honorable. 

Una noche, cuando nos despedíamos, se volvió como solía hacer para enviarme un beso. Un coche pasó a una velocidad desorbitada, por allí que no se podía circular a más de 30 km/hora. Su cuerpo fue lanzado a muchos metros de distancia. Corrí hacia él y encontré sus bonitos ojos desorbitados y su cuerpo en una extraña postura, sangre por cualquier lugar. Yo no paraba de gritar y llorar… Alguien acudió y llamó a emergencias… Mi mundo se tambaleó y sentí una enorme herida que me atravesaba por todo mi ser.

Lleva tres meses en el hospital. Los médicos varias veces han asegurado que su final había llegado… Él sigue conectado a esas máquinas que no dejan de mover lucecitas. Allí en su inmenso silencio, nadie entiende qué le aferra a la vida con un inestable hilo tecnológico…

Quería decirte:

 


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