Llegué a Portland en Maine desde Nueva York en 1963. No soy muy aficionado a comentar aspectos privados de mi vida, hoy solo les diré que había dos personas que me esperaban allí para, como convencionalmente se dice, formar una familia.
Yo era como dicen aquí a a los foráneos un flatlander y mi fuerte acento latino no facilitaba demasiado para abrirse camino. Nos establecimos en un poblado cerca de Canadá. El comienzo fue mi duro, tanto en lo personal como en lo económico, y en muchas ocasiones vi peligrar mi inestable, de por sí, matrimonio. Tras unos trabajos cada vez más precarios, encontré un trabajo con un hombre ya mayor que tenía una Woodshop en la que arreglábamos cualquier objeto de madera e incluso nos desplazábamos a domicilio para realizar cualquier trabajo. Era lo más beneficioso económicamente.
Un día cuando llegué, mi anciano jefe, me tenía preparado un encargo para realizar diversos arreglos en una casa situada a unas 20 millas y metida de lleno en las montañas. Como el hombre se cansaba mucho, me lo encargó a mí. Me había preparado unos alimentos y me dejó la vieja furgoneta en la que teníamos preparado todo nuestro material. No avisé en casa porque en muchas ocasiones solo aparecía por la noche, si el trabajo así lo requería.
El día empezó a oscurecerse y el frío era cada vez más palpable. La nieve comenzó a caer. Su intensidad aumentaba según me iba adentrando por los inmensos valles arbolados en los que la bruma se apoderaba de todo como si fuéramos sus rehenes. A mí me sobrecogían estos paisajes, llegaban a inquietarme pues me veía muy pequeño ante su inmensidad. Me costó mucho encontrar la casa, era una robusta construcción rodeada de piedra y por el inmenso silencio que deja la nieve.
Aquellos chillidos comenzaron a sucederse con la intensidad con la que la lava es expulsada de las entrañas de la tierra. Yo paralizado. Vi una salida, las ventanas. Como una lucerna que te puede sacar del infierno, me dirigí a la que había al final de la cocina. Cerrada. Cristal grueso, reforzado en sus bordes, Un gran profesional lo había colocado. ¿Herramientas? ¿Las mías? Sí, un martillo. Con miedo, con decisión, empecé a golpearlo. Estaba duro, demasiado duro para el horror que entumecía mis músculos. Más golpes desbocados. Una grieta. Otra. Se extienden. Saltan trizas. Consigo subir, moverme, saltar, correr, correr, correr, ...
Subo por una pendiente, la nieve me impide avanzar más rápido. Mi respiración se agota. Noto como mi corazón se ha revolucionado con la fuerza de un ciclón. me detengo. No puedo más. Miro a mi alrededor, nieve, árboles, frío, soledad, silencio. Pienso. ¿Dónde ir? Todo está lejos. Así moriré. Con suerte, hasta mañana no vendrían por mí. Con la precipitación no tengo llaves de furgoneta. Tengo que pensar. Solo hay una solución. Y la sé. VOLVER A LA CASA. Ayuh
Continúa




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