Odio la manía del derroche sin más. Especialmente esta costumbre tan occidental de convertir miles de toneladas de bellos y frondosos árboles, que nos proporcionan oxígeno, en horrendas montañas de basura sin ningún futuro. Este argumento, desgraciadamente, no suele ser válido para muchos de los jóvenes con los que habitualmente comparto las aulas educativas.
Tampoco logro que algunos comprendan que en algunas zonas del mundo la mujer está irremediablemente destinada al analfabetismo, y eso implica su marginación social. Con estas dos ideas, inconexas, he rescatado de la memoria una película

















