viernes, marzo 20

Dos relatos cortos de Carmen Alcaide


   

El ASCENSOR



El ascensor se había detenido. Y se había apagado la luz. Instintivamente tanteó pulsando botones esperando que se produjera el milagro de la luz y del movimiento. O al menos, uno de los dos. Pero no se produjo ninguno. El ascensor quedó varado en la oscuridad. Obtusamente pensó en cómo las cosas ocurrían en un momento; en cómo el tiempo sólo está un momento en nuestras manos y después ese momento escapa y no podemos hacer nada.

 

 

 

 Durante unos momentos ella se siente varada también por una expectación incrédula, luego reacciona y echa mano de su móvil que sólo proyecta la luz azulenca de la linterna. Porque tampoco funciona. 

Pero no se debe poner nerviosa; estas cosas, por desagradables que sean, tienen su fin.

 

Golpea las puertas metálicas.

¿Hay alguien ahí? Estoy atrapada en el ascensor.

Responde lo que en las novelas suele describirse como un silencio atronador. Está empezando a ponerse nerviosa. Le parece que suda. Sus golpes sobre la jaula metálica son más fuertes, su voz se levanta más.

一 ¡Por favor, hay alguien ahí!

Pareciéndole que rompe un silencio de siglos le llega una voz cascada, de persona mayor.

一 ¿Hay alguien en el ascensor?

一 ¡Sí, por favor, busque ayuda! ¡Mi móvil no funciona!

一 No funciona nada. No hay electricidad.

¡Llame a los técnicos! ¡Haga algo!

 ¿Es que el que está fuera no es capaz de ponerse en lugar del que está dentro, preso en una jaula negra? 

 

“No quiero morir aquí- empieza a pensar descompuesta- ¡Soy demasiado joven! ¡Me quedan tantas cosas que hacer en la vida!”

一 ¡Llame a los técnicos! ¡Llame a emergencias!

一 El apagón ha sido general. Hay muchos ascensores parados…

¡Apagón general! ¡Como el último que duró casi veinticuatro horas!

¡No lo resistiría! ¡La matarían el miedo o la falta de aire! ¡No quería morir! ¡No todavía! ¡En el mundo ahí fuera había tantas cosas por hacer!

 

Se fue deslizando hacia el piso, vencida, con profunda lástima de sí misma; lloraba y se daba cuenta con desesperante indiferencia que las lágrimas le estaban agrietando el maquillaje. Ya no gritaba. Ya no golpeaba las metálicas puertas de su jaula. ¡Morir tan joven! Dejando en ese mundo tantas cosas que podía haber hecho y que ya nunca podría hacer.

 

Con un nuevo sentimiento que ya apenas si reconoció como temor sintió que se estaba sacudiendo la jaula. ¿Iría a caer el ascensor? ¿Se desenclavijaría y caería?  ¡Se estrellaría y  ella nunca podría hacer todo aquello que no tuvo tiempo de hacer! 

El ascensor volvió a sacudirse por uno o dos segundos. Gritó… Y entonces vio algo… el reflejo cobrizo de un cielo al atardecer que estaba cayendo sobre el descansillo… 

一 Ya está, señora, tranquilícese…

 

Se habían abierto las puertas de la jaula. 

Parecía que todo el mundo fuera le daba confortadores y palmeados abrazos.

Ya estaba. Ya había acabado la pesadilla. Los días volverían a sucederse en su igualdad reconfortante. Volvería a su casa; se relajaría con una taza de cacao caliente y buscaría alguna película en Netflix.

 

 


 

 

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Cuando le presentaron aquel ser minúsculo y amoratado, de ojos acuosos y cabeza bamboleante, pensó “Mi hijo” como si fuera la primera vez que descubría esa palabra, y al sentirla bordeando sus labios experimentó una mezcla de miedo y de asombro, y acercó su mejilla a la del niño como si fuera ella la que se acogía a su frágil protección. Después, con timidez nerviosa, alzó los ojos a su madre.-¿Habéis llamado a Juan?
 
 一 Cuando te dieron los primeros dolores. Estará aquí esta noche o mañana. Como le ha cogido en Madrid con los exámenes…

El médico había terciado:

一 Procure dormir ahora. El parto ha sido laborioso. Nada le sentará mejor.

Sí. Se sentía realmente exhausta: el empujar, el sudor, la mirada de su madre ahincada en ella mientras veía movérsele anhelosas las aletas de la nariz, los dolores hasta aquel último que pareció romperla y le arrancó un grito que fue medio alarido, medio sollozo…

Debió dormir bastante porque cuando despertó toda la habitación estaba oscura. Con esa oscuridad cerrada que pertenece ya a la noche. A tientas extendió un brazo hacia la cabecera donde estaba el timbre.

Cuando vino la enfermera y encendió la luz, la hizo parpadear desorientada.

一 Ha dormido mucho. ¿Ha descansado?

一 Sí, creo que sí… Mi madre, ¿se ha ido ya?

一 Sí. Se fue cuando llegó su marido.

一 ¿Mi marido? ¿Está aquí?- y tuvo la sensación de que un hormiguero le subía piernas arriba.

一 Sí. Como estaba durmiendo no hemos querido que la despierte. Ahora le digo que entre.

Lo primero que vio cuando él entraba fue un trozo de su camisa a cuadros de verano, y se le hizo más intensa la sensación de aquel hormiguero que le subía desde los pies.

一 ¿Cómo estás?

一 Bien. Estoy bien… Y tú, ¿has podido hacer los exámenes?

一 Sí.

一 ¿Crees que habrás aprobado?

一 Espero que sí.

一 ¿Has visto al niño?

Él recordó aquella sala de Maternidad: cabecitas peladas y caritas abotargadas que semejaban todas iguales.

“Es un niño muy fuerte y tiene los ojos azules” había dicho la enfermera.

La criatura apretaba los puños y movía las piernas como una rana. Abrió los ojos. No los tenía azules. Ni negros, ni verdes. Ni de ningún color. Eran simplemente los ojitos gordos de un recién nacido.

一 Sí.

一 ¿Cómo… cómo lo has visto?

Él recordó la sensación confusa que había experimentado, esa mezcla de desconcierto, ternura y lástima que producen los recién nacidos. Quizás un poco más acentuada. Como si el desvalimiento de aquel pequeño ser fuera más completo que el de los demás.

一 Pues bien, mujer- Y de un modo que lo forzado hacía torpe le rozó con los dedos un brazo. Y ella rápidamente deslizó una mano para buscar y apretar la suya, y entonces, de un modo absurdo, triste, recordó el estribillo de aquella canción que cantaban en el pueblo:

“Ay qué penita, serrano,

Que se te aflojan los dedos

Cuando te cojo la mano”

                                                         



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