
Ya sé que muchos no piensan lo mismo. Puedo entenderlo. Otros hemos captado ese don tuyo, que tantas veces hemos admirado en cine y televisión de llegar en el último momento: cuando a los buenos de tus amiguetes les queda un pequeño aliento, cuando a la mecha de la bomba le sobresale el equivalente a la picha de un virus, cuando al malo todo le va de maravilla; entonces tu figura altanera sobresale entre la niebla, o la maleza, o el desierto tejano, o la lluvia de Wisconsin, o qué más da.
Con un par de sopapos los vas a dejar a todos listos, y el mundo volverá a sonreír y nos sentiremos todos un poco más libres y podremos descansar mejor.
La pena para el resto de los mortales es no tener tu arrojo y ese don de la oportunidad, que tanto envidiamos. Nosotros nos quedamos con las estrecheces del final del mes, las listas del paro, la cola del autobús o la declaración de Hacienda. Amigo Chuck, tú nos enseñas el camino diáfano de los tortazos finales, tú repartidor a domicilio de mamporrazos, choricero de hostiones, tú aventajado heredero de la puntualidad británica; al menos no te lías a tiros casi nunca, porque además tienes la mayor puntería nunca vista, y te llevas a la trena a los pendencieros.
Te queremos, Chuck

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