Algunos días después
La mayoría, cuando escuchamos la palabra MAR, pensamos en un lugar idílico donde vamos a pasar unos días de descanso y al que nos gusta volver de vez en cuando. Espero que entiendan, que dadas las circunstancias no eran en absoluto, las sensaciones que tengo en estos momentos.
No me costó demasiado encontrar la casa, me la había descrito con lujo de detalles. Conocía perfectamente esta parte del condado. Algunas preguntas y sabía perfectamente donde estaba. Busqué un lugar discreto a unos kilómetros, identificación falsa, asuntos comerciales. Simplemente tocaba esperar. Con mi trabajo, la paciencia no dejaba de entrenarse, era una herramienta imprescindible. Esperar es como la antesala que te permite repasar tu vida.
Mis relaciones con las mujeres habían sido escasas y torpes, como ya les he estado contando. Óscar se había empeñado en gratificar con algunas señoritas de compañía como agradecimiento a algún trabajo realizado. La situación que yo vivía era difícil. Mujeres desconocidas, sin intercambiar palabras, intentaba agradar pero aquello no tenía mucho sentido ni para mí era algo muy satisfactorio.
Eso sí, recuerdo una vez vino una mujer de tez y pelo morenos. Tras un breve escarceo…, la situación derivó a una agradable conversación. Ella tenía una simpatía arrolladora. Venía de otro país lejano. Sus chamacos tenían changua y arepa, gracias al trabajo de su madre. Esa era su felicidad, lo que le daba fuerzas. La escuchaba admirado, la veía tan cercana y risueña que me provocaba una sensación de alivio. En una época, me había dado por leer a concienzudos filósofos sus divagaciones pormenorizadas sobre la vida. Me interesaron mucho porque quería buscar un sentido a mi vida. Si los comparaba con esta mujer, me parecían seres aburridos a los que le estaban preparando la comida al lado, mientras ellos pensaban y pensaban.
Nos despedimos con un sincero abrazo e incluso nos intercambiamos los números de teléfono. Pensé tirar el trozo de papel nada más que ella saliera. No fue así, marqué ese número en muchas ocasiones. Días, semanas. Un día lo descolgó. Oía su voz, llena de matices y rodeada de su eterna simpatía. Me dijo que se había acordado mucho de mí, que yo era alguien que merecía mucho la pena pero que no la llamara más, que lo nuestro fue un momento mágico y la realidad otra. Me aconsejó que buscara una mujer bella y me olvidara de ella, colgó sin más.
Sigo aquí, agazapado cerca de la casa, con discreción absoluta. Un día llegó un coche. Era ella, Saura, se bajó, cogió unos objetos y los metió en la casa. Un rato después volvió al coche, allí estaba yo. La encontré, bella y altiva, como siempre la represento en mi mente:
Eso sí, recuerdo una vez vino una mujer de tez y pelo morenos. Tras un breve escarceo…, la situación derivó a una agradable conversación. Ella tenía una simpatía arrolladora. Venía de otro país lejano. Sus chamacos tenían changua y arepa, gracias al trabajo de su madre. Esa era su felicidad, lo que le daba fuerzas. La escuchaba admirado, la veía tan cercana y risueña que me provocaba una sensación de alivio. En una época, me había dado por leer a concienzudos filósofos sus divagaciones pormenorizadas sobre la vida. Me interesaron mucho porque quería buscar un sentido a mi vida. Si los comparaba con esta mujer, me parecían seres aburridos a los que le estaban preparando la comida al lado, mientras ellos pensaban y pensaban.
Nos despedimos con un sincero abrazo e incluso nos intercambiamos los números de teléfono. Pensé tirar el trozo de papel nada más que ella saliera. No fue así, marqué ese número en muchas ocasiones. Días, semanas. Un día lo descolgó. Oía su voz, llena de matices y rodeada de su eterna simpatía. Me dijo que se había acordado mucho de mí, que yo era alguien que merecía mucho la pena pero que no la llamara más, que lo nuestro fue un momento mágico y la realidad otra. Me aconsejó que buscara una mujer bella y me olvidara de ella, colgó sin más.
Sigo aquí, agazapado cerca de la casa, con discreción absoluta. Un día llegó un coche. Era ella, Saura, se bajó, cogió unos objetos y los metió en la casa. Un rato después volvió al coche, allí estaba yo. La encontré, bella y altiva, como siempre la represento en mi mente:
- Hola, te quería felicitar por tu magnífica actuación el otro día en el coche.
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Hablar con quien has tenido un problema es algo que recomienda cualquier experto en las relaciones humanas, dicen que es una terapia bipersonal. Imaginen cómo puede ser de interesante hacerlo con alguien que te ha engañado totalmente dos veces en tu vida, te ha apuntado con un revólver, te ha lanzado por un precipicio, se ha desentendido de ti. Una conversación que promete.
Nos sentamos para hablar distendidos, aunque la situación no era nada idílica. Ella me aseguraba que sentía algo muy fuerte por mí. Todo lo había planeado Óscar, el Bourbon, la parada en ese lugar para localizar el dinero. Ella que no sabía que yo sería el hombre en cuestión, quiso variar el plan la noche anterior con una fuerte discusión. Asegura que lo de lanzar el coche al barranco, no estaba previsto. Óscar, había cambiado el plan, ella se opuso y él la golpeó en repetidas veces. Ella lloró desconsolada pero él era fuerte y no pudo hacer nada. Había sentido un gran alivio al verme vivo, no podía explicarse cómo yo había sobrevivido al golpe. Óscar se fue cargado con el dinero y con todo el desprecio a esa ciudad antigua donde la belleza enmascara la miseria.
Su relato, aparentemente muy bien justificado, no dejaba de plantearme muchas dudas y preguntas que le planteaba y siempre sabía contestar con una tranquilidad. Recordé a esa cría que había llenado mi infancia de deseo. La amordacé con sutileza, era cuestión de un rato. Sin mucho agrado, aceptó. Su mirada, tenía una gama de matices que expresaban con mucha exactitud mucho más que las palabras. Con el tiempo, comencé a explorar y registrar las distintas dependencias de la casa. Usé unos guantes. Sabía bien lo que buscaba.
Su relato, aparentemente muy bien justificado, no dejaba de plantearme muchas dudas y preguntas que le planteaba y siempre sabía contestar con una tranquilidad. Recordé a esa cría que había llenado mi infancia de deseo. La amordacé con sutileza, era cuestión de un rato. Sin mucho agrado, aceptó. Su mirada, tenía una gama de matices que expresaban con mucha exactitud mucho más que las palabras. Con el tiempo, comencé a explorar y registrar las distintas dependencias de la casa. Usé unos guantes. Sabía bien lo que buscaba.
La desaté. Se puso de pie. Nos abrazamos. Nuestras bocas se buscaron y se llenaron de besos. Sentí sus lágrimas. Realmente la quería. Había sido la persona que había dirigido o desviado mi vida. Había tantas cosas que me hubiera gustado contarle durante todos estos años. Te das cuenta que lo que vives se desmenuza en un sinfín de recuerdos. Notaba que su ser se apoderaba de mi cuerpo. Un estallido lo inundó todo. El eco recorrió todas las habitaciones de la casa. Iba y volvía rebotando en las paredes, ocupando los huecos, llenaba y vaciaba mis oídos.
Óscar, era la palabra que llevaba marcada en la mente. Aquí tenía que estar. La ciudad. Era pequeña. Cuando el sol la abandonaba y la mayoría de los humanos nos encerramos en nuestro refugio, la ciudad resplandecía. Era como una Gran Dama que se manifestaba serpenteada por miles de luces y que se dejaba retratar por los cristales de las paredes.
Venganza, un sentimiento que desconocía. Lo había calculado todo a la perfección. Sabía que el revólver estaba en la casa. Lo busqué con detenimiento. Estaba en la cisterna, perfectamente aislado del agua. Yo con guantes. Mis huellas no aparecerían. Todo quedaría en un suicidio. Todo perfecto.
No lo hice. Disparé al aire. Salí de la casa. Ella lloraba. Sus ojos con lágrimas. No hay día que no me despierte pensando en ella. Comencé a percibir desde un callejón el sonido inconfundible Elevator To Heaven de Chris Bell:
I haven't seen any rain,
Draggin 'round a ball and chain.
I haven't seen any rain,
Draggin' round a ball and chain.
Angel says it's quarter past eleven
I'll catch the next elevator to heaven.
Draggin 'round a ball and chain.
I haven't seen any rain,
Draggin' round a ball and chain.
Angel says it's quarter past eleven
I'll catch the next elevator to heaven.
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